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Tenemos que tener un plan

EL PLAN

De acuerdo con el protocolo anti crisis que manejan los políticos y economistas actuales para enfrentar los problemas económicos, el tratamiento uno, con el que hay que empezar, es el de las llamadas políticas de demanda keynesianas. El sector público gasta más y recauda menos, y los bancos centrales bajan los tipos de interés para, con todo ello, relanzar la demanda de la economía, minimizando así el impacto en el empleo. Si funciona, la crisis pasa sin excesivo sufrimiento entre la ciudadanía, porque las condiciones de vida, la forma de hacer las cosas apenas cambian (y, de paso, y gracias a ello, el partido en el gobierno tiene muchas posibilidades de ser reelegido).

Pero, como sucede con la crisis actual, a veces se gasta toda la munición keynesiana y las cosas siguen igual. Entonces, como si de los cuatro jinetes del apocalipsis se tratara, toman el relevo las otras políticas, las de oferta,  también conocidas como reformas estructurales. Empezamos a hablar entonces de trabajar más y cobrar menos, de pagar por servicios públicos que antes eran gratuitos, de retrasar la edad de jubilación, de que el despido sea más barato, de la liberalización comercial y un largo etcétera. Por una parte, se nos dice que no hay más remedio porque hay que ajustar los gastos a los menores ingresos. Y por otra, que hay que dar instrumentos a las empresas para que puedan competir en este mundo cada vez más globalizado. En resumen, se trata de que sean las empresas las que tiren de la economía (contratando personal porque es barato) y no lo consumidores (comprando porque ponemos dinero en sus bolsillos).

Pero resulta que estas políticas de austeridad tampoco resuelven nada, al menos en el corto plazo. Las familias que ven reducidos derechos y salarios dejan de consumir y sin consumo las empresas no contratan tampoco porque no venden. Así que van pasando los años de la crisis y nos encontramos con un debate que se va haciendo cada vez más ideológico y menos científico. La profesión económica va dividiéndose entre los que defienden una nueva ronda de medidas keynesianas, frente a los que defienden que la austeridad y las reformas estructurales constituyen la única solución duradera ala crisis. Yen medio, los demás, conteniendo la respiración.

Los que hayan escuchado/leído las Píldoras contra la crisis anteriores, sabrán que la razón de todo esto, de escribir y de hacer videos, es simplemente mi rebelión contra este estado general de impotencia en el que nos encontramos, y que, como vemos, alcanza tanto a los que están arriba, como a los que estamos abajo. Leer Más…

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BCE: Prestar a los bancos al 1%

Esta pasada semana hemos asistido a un nuevo capítulo de la serie de moda: “El culebrón del euro”. En esta ocasión, el protagonista indiscutible ha sido el primer ministro británico David Cameron, que ha sido “expulsado” de la casa común europea (autoexpulsado dirían algunos), por negarse a firmar el germen de un nuevo Tratado, con el que  se pretende poner fin a los déficit públicos en Europa. Reino Unido se ha quedado fuera, no porque tuviera un diagnóstico alternativo de la crisis, una estrategia distinta para afrontar los problemas actuales. Simplemente se negó a firmar por defender a la City londinense (uno de los mayores mercados financieros del mundo) frente a las pretensiones regulatorias europeas.

Todos deberíamos saber ya que de lo que tratan los Consejos europeos (o, mejor dicho, las reuniones entre Angela Merkel y su vice primer ministro Nicholas Sarkozy, que son las que realmente cuentan) es de diseñar los instrumentos para enfrentar la próxima crisis. La próxima, no ésta. Lo que se pretende con los nuevos acuerdos es que, cuando vuelvan los problemas de deuda (en 2020 por ejemplo), producto del pinchazo (por supuesto imprevisible) de la siguiente burbuja de activos, tendremos la estructura institucional adecuada para actuar con eficacia. O lo que es lo mismo, los Estados estarán menos endeudados y podrán así acudir con más recursos al rescate de los bancos.

No nos engañemos, los líderes europeos se reúnen para construir Europa desde unas bases más sólidas. Y lo mejor para acceder a las bases de algo, es que lo que esté encima se queme antes del todo. La crisis actual, la que llevamos padeciendo desde 2007, por lo tanto, no está realmente enla agenda. La pérdida de bienestar de la sociedad llegará hasta donde tenga que llegar, como en las crisis de antaño. Se ha perdido la cosecha, se está quemando el granero y no hay nada que podamos hacer, sólo apretarse el cinturón.

Pero, si los políticos europeos no están al timón de este barco que naufraga, ¿quién está entonces al cargo de gestionar el día a día? ¿Hay alguien enfrentando las olas? Sí. Hay alguien. Ocupando el puesto del capitán (a la fuerza, eso sí) está el Banco Central Europeo. El único que se afana en achicar el agua que entra por todas partes, el único que se ocupa de evitar que todo salte por los aires mañana mismo, es MarioDraghi, el reciente sucesor de Jean Claude Trichet en la tarea de bombero de guardia.

¿Y hubo alguna noticia relevante la semana pasada en relación con las medidas del Banco Central Europeo? Porque con el desfile de secundarios enla Cumbre Europea, y el desaire de Sarkozy a Cameron, la opinión pública prestó poca atención a las decisiones del BCE. Siguiendo con la metáfora, todos los focos estuvieron concentrados en cómo nos preparamos para la crisis de 2020, dejando pobremente iluminado el escenario donde nos jugamos la partida hoy.

Y efectivamente, el día 8 de diciembre (es decir, un día antes del Consejo europeo), el BCE aprobó medidas absolutamente extraordinarias de apoyo al sistema bancario europeo. En concreto, la concesión de préstamos a un plazo excepcionalmente largo, 36 meses[1], sin límite de cantidad (los bancos pueden pedir lo que quieran) y además pudiendo ofrecer como garantía prácticamente cualquier activo[2]. ¿Y a qué tipo de interés? Eso es casi lo mejor: al UNO POR CIENTO. Leer Más…