Una declaración de independencia

Esta semana nuestra prima de riesgo ha alcanzado de nuevo los 500 puntos básicos. Con frases así nos desayunamos un día sí y otro también al ojear el periódico o mirar distraídamente el telediario. Recordamos con melancolía aquellos años, no tan lejanos, en que un titular como ese no nos decía nada. Pero las cosas han cambiado, son tiempos duros y apenas quedan espíritus no contaminados que desconozcan lo que significa: que la situación financiera de nuestro país es muy delicada y que cada vez nos resulta más difícil conseguir que nos presten dinero. Mientras que el Estado alemán logra préstamos a 10 años al 1,5 por ciento de interés, el español tienen que ofrecer un 6,5% para el mismo plazo, es decir, un 5 por ciento de diferencia, 500 puntos básicos más.

Se habla mucho del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, del “agujero del ladrillo” en los balances de los bancos, para explicar la crisis de confianza que padece nuestra economía. Pero con ser importante y duradero en el tiempo, el desplome de la construcción no deja de ser una manifestación coyuntural de problemas más estructurales. Algo así como un pico de fiebre. Para explicar la profunda desconfianza que despertamos en estos momentos, tenemos que ganar algo de altura y localizar focos de fuego más principales.

Hace unas semanas, el gobierno argentino decidió expropiar la petrolera local YPF a su hasta entonces propietario, la empresa española REPSOL. Las imágenes de Cristina Kirchner anunciándolo entre lágrimas de rabia y emoción dieron la vuelta al mundo. Y las de su viceministro económico Axel Kicillof (autor por cierto de un estupendo libro sobre Keynes que acaba de publicarse en España), en mangas de camisa, joven y guapo (demasiado tal vez), explicando, entre ministros encorbatados y silentes,  las razones de la expropiación, además de consagrar a una estrella emergente (el propio Axel), sirvieron para colocar en el centro del debate político y económico el principio de soberanía, que es lo mismo que decir de independencia.

Porque lo que consiguió Argentina con su polémica decisión fue ganar independencia en uno de los sectores claves en esta economía globalizada que nos toca padecer, el de la energía. Y de rebote, como si de una carambola de billar se tratara, también en el otro mercado que vertebra la economía mundial, el mercado de capitales. El gobierno argentino expropió YPF, según Kirchner/Kicillof, porque resultaba inadmisible que un país como Argentina, con grandes yacimientos de hidrocarburos no estuviera sacando más partido a su balanza energética. Esto es, que no tenía sentido que tuviera que importar productos petrolíferos cuando contaba con recursos suficientes dentro de sus fronteras. Y como la culpable principal de que esto estuviera pasando, era la gestión de REPSOL, la expropiación se había convertido en una necesidad nacional.

Podríamos pensar que, con una decisión así, Argentina ha ganado independencia energética, pero que lo ha hecho a costa de perjudicar gravemente su acceso a los mercados de capitales. ¿Quién va a invertir a partir de ahora en un país en el que el gobierno es capaz de actuar de forma tan expeditiva contra empresas extranjeras? Estaría mejorando por tanto su control sobre sus recursos, pero a cambio vería alejarse esos otros recursos, los financieros, con los que no cuenta y que le son igualmente imprescindibles.

Pero esta conclusión quizá sea precipitada, o al menos, cortoplacista. Sigamos el movimiento de las bolas de billar sobre el verde tapete. Parecería que la bola blanca se dirige al agujero que marca el fin de la partida, pero algunos están viendo en realidad (entre ellos, las dos Ks) que se dirige en realidad, lenta pero segura, a golpear también la bola de la independencia financiera. El cálculo que estaría haciendo el gobierno argentino sería el siguiente: si recuperamos el control sobre el petróleo, si aumentamos los niveles de producción y de exportación, conseguiremos aumentar el superávit comercial. Y como el superávit, significa comprar menos fuera de lo que se vende fuera, eso implica entrada de divisas en el país. Y para los prestamistas internacionales, para los fondos de inversión y de pensiones extranjeros ¿qué resulta más importante a la hora de invertir en un país: la confianza en sus instituciones o la sostenibilidad de su economía? ¿Qué su gobierno se comprometa a no devaluar o a no expropiar, o que se acumulen divisas en su banco central?

Hemos acabado hablando de Argentina, cuando nuestra intención inicial era aportar luz sobre la crisis en nuestro país. Pero veremos la próxima semana que el problema económico en España necesita una aproximación similar. Que todo se limita a recuperar la independencia perdida. Del petróleo (y la expropiación de REPSOL constituye la metáfora perfecta) y de los mercados financieros.

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