El Plan IV: el Modelo California

Hace ya más de 20 años, asistía yo a las clases de Estructura económica de España del profesor Juan Velarde Fuertes, uno de los grandes eruditos sobre economía que ha dado este país. Nacido en 1927, recuerdo perfectamente como ya entonces me parecía una persona muy mayor. Estaba sin embargo dotado de una energía y una pasión desbordantes, que le hacían inmune al deprimente espectáculo de los escasos quince o veinte estudiantes que solíamos asistir a sus clases. Sin duda, esa misma energía es la que le permite, en la actualidad, a la altura de sus ochenta y muchos años, seguir apareciendo con vitalidad inusitada en periódicos, tertulias, revistas y academias varias. Un ciclón, vaya.

Fue a Juan Velarde a quien escuché por primera vez una idea que me ha acompañado desde entonces, y que apenas he vuelto a ver reproducida en el debate económico y político. Afirmaba lo siguiente: nuestro país había tenido éxito en aplicar lo que denominaba el “modelo florida”, es decir, había logrado convertirse en destino de vacaciones de nuestros vecinos europeos y en muchos casos también, en residencia habitual de esos mismos vecinos del Norte cuando alcanzaban su ansiada jubilación. En buena medida nuestro milagro económico de los años 60 y 70 se fundamentó en el éxito de esta especialización productiva.

Pero a lo que nos invitaba el profesor Velarde era a dar un paso más, no a nosotros, sino a la economía española. El Modelo Florida había estado bien, había sido un puntal de nuestro crecimiento económico y abierto nuestro país a las influencias modernizadoras que venían del exterior. Pero era tiempo de dar un salto cualitativo, de subir de nivel, de aprovechar nuestras ventajas poniéndolas al servicio de metas más altas. Había que superar (o mejor, complementar) el modelo florida, con lo que Juan Velarde tituló entonces como “Modelo California”. La idea es sencilla, tan sencilla en realidad como aquella sobre la que se fundamentaba y fundamenta el Modelo Florida: si los ingleses, alemanes y suecos, los franceses y los rusos escogen, en gran número, nuestro país cuando tienen unos días de asueto o la jubilación por delante, ¿por qué no les convencemos de que se vengan a vivir definitivamente a nuestro país? Que se vengan a trabajar a España, vaya. Lo mismo que los americanos sueñan con las playas de California desde sus fríos y lluviosos Seattle o Chicago, en España debíamos favorecer que nuestros vecinos del Norte encontrasen la forma de escapar de sus días gélidos y sus noches eternas, para venir a disfrutar de la calidad de vida propia de nuestras latitudes.

Espacio tenemos: una de las menores densidades de población del continente. E incluso, en estos momentos, se da la circunstancia de que un bonito millón de viviendas (si no más) están esperando a que alguien las ocupe.

Por supuesto que no basta con el buen tiempo. Se necesita mucho más para replicar el éxito de California en EEUU. Pero convertirnos en la California de Europa constituye una estimulante y poderosa meta/misión/visión sobre la que fundamentar el cambio de modelo productivo del que venimos hablando en nuestro país desde hace ya demasiado tiempo. Puede ser la palanca que necesitamos para proporcionarnos un desarrollo económico de calidad, sostenible, de vanguardia.

Profundizaremos en ello en las próximas píldoras.

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