Pánico

La economía es idiota. O, mejor dicho, los agentes económicos (los empresarios, los trabajadores, los consumidores, los ahorradores, el gobierno) somos idiotas. Creemos actuar racionalmente, pero en realidad actuamos impulsiva y perezosamente. Todo nos resulta tan complejo que, aunque nos sorprenda un poco que las cosas vayan tan bien o que vayan tan mal, nos ponemos las orejeras y tiramos para adelante sin apenas reflexión.

No tenía ninguna lógica que el precio de los pisos subiera como lo ha estado haciendo en estos últimos años. Y, sin embargo, en muchos países del mundo, entre ellos el nuestro, permitimos que la venta de casas se convirtiera en el principal motor del crecimiento económico. Cada año que pasaba, la probabilidad del pinchazo se hacía más evidente. Pero permitimos, pasivamente, que al final nos estallara en la cara. La cara de la vaca que mira al tren (descarrilar).

Lo más sorprendente de todo, la muestra más terrible de la pereza intelectual en la que estamos instalados, la protagonizaron las empresas del sector inmobiliario. Después de haber hecho mucho más dinero del que nunca hubieran soñado y sabiendo que era imposible que el sector siguiera creciendo como lo había hecho hasta ese momento, la crisis acabó pillándoles con millones de metros cuadrados de suelo para construir. Lograban beneficios record con una promoción de viviendas y con el dinero obtenido no se les ocurría otra cosa que comprar parcelas aún mayores para construir el doble de pisos. Empresas que habían ganado cientos de millones, que contaban con los profesionales más inteligentes, mejor preparados, mejor pagados. Todas ellas están hoy en concurso de acreedores. ¿Cómo pudo pasar? Porque, que la burbuja y su pinchazo alcanzaran al ciudadano normal, pase. Pero que les pillara a ellos, o a los bancos, es la prueba definitiva de hasta qué punto hemos desertado de la obligación de pensar y de actuar racionalmente.

Pero, bueno, eso es el pasado. Después de todo, lo peor no es que hayamos dejado que la euforia irracional nos condujera a la catástrofe, sino que ahora, tras el desplome, sigamos comportándonos igual. Ahora no es la euforia, sino el pánico, lo que nos está rematando. Pero, en ambos momentos y siempre, la misma irracionalidad. Y al menos antes, a todos nos iba bien. Éramos, digámoslo así, idiotas felices. Pero ahora, seguimos comportándonos estúpidamente, mientras nos despertamos con pesadillas todas las noches.

No tenía sentido que admitiéramos sin hacer nada que, año tras año, el precio de los pisos subiera el 12 por ciento. Porque era claramente insostenible y, también irracional,  porque condenaba a miles de familias a estar hipotecadas durante cuarenta años, cuando sus vecinos de planta, los que habían comprado sólo siete años antes, les tocó pagar la mitad o menos del precio de aquellos.

Pero ahora tampoco tiene sentido que veamos como algo inevitable esta amenaza general de ruina en la que vivimos. Antes se veía lógico que el precio de los pisos subiera como lo hacía y ahora lo que vemos lógico es que no se pueda vender un piso ni aunque se ofrezca a mitad de precio. No es razonable que los activos hayan dejado de tener mercado (salvo quizá el oro o los bonos de las economías más sólidas) y que los préstamos estén cayendo uno detrás de otro, porque nadie quiere comprar el patrimonio de los deudores.

Es, una y otra vez, la pesadilla de la profecía que se autocumple. Como creo que las cosas van a ir mal en el futuro, no compro, pero es así, sin quererlo, como me aseguro que voy a acabar teniendo razón en mis temores. Y lo que, en un clima de moderado optimismo o, simplemente, neutro, se convertiría en un pequeño bache, conseguimos convertirlo en un hecatombe a la que no se le ve el final. Nadie se fía de nadie y todo el mundo se enroca en su posición defensiva. No nos damos cuenta de que esa actitud sólo nos perjudica, que quizá salvemos parte de lo que tenemos, pero que todos perderemos algo y muchos todo.

Desengañémonos. Nos hemos  metido en una de esas películas de mafiosos en las que dos bandas se encuentran para negociar y no se les ocurre otra cosa que hacerlo con todas las armas apuntándose entre sí. En estos momentos basta con que el más torpe estornude (o se tropiece o se le caiga el arma), para que todos acaben muertos. Un segundo antes estaban vivos y ahora no.

Yo creo que todos estaremos de acuerdo en que lo inteligente sería comenzar hoy mismo a bajar despacio….muy despacio…las armas con las que nos estamos apuntando los unos a los otros. Dejarlas en el suelo, pegarlas una patada y comenzar a hablar, a pensar, a actuar para salir tranquilamente de la situación de pánico.

Si todo esto tiene sentido para ti, síguenos.

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